XXY: El renacimiento del cine argentino

Por JorgeS | Comentarios ( 0 ) | Trackbacks ( 0 )

xxy El boom del cine argentino en España parecía haber remitido tras la resaca de grandes películas como Kamchatka, Historias Mínimas o El Hijo de la Novia. Todas habían sido estrenadas a principios de siglo y (casi) todas parecían estar tocadas por la gracia de Ricardo Darín. Tras bajar la marea quedaron algunos vestigios menos afortunados en cuanto a recaudación y repercusión, con cintas como El Aura (otra vez Darín) o No Sos Vos, Soy Yo. En enero de 2008, algo más de medio año después de su estreno en Argentina, llegó a España XXY; el debut de Lucía Puenzo, otra vez con Ricardo Darín como abanderado y, de nuevo, presentando una historia original tratada bajo el prisma de la naturalidad del cine argentino.

Álex (Inés Efrón), adolescente de 15 años, vive en secreto bajo el síndrome XXY (anomalía por la que el hombre recibe un cromosoma Y extra). La historia se complicará aún más con la llegada a Piriápolis (Uruguay) de un cirujano amigo de la familia junto a su mujer y su hijo Álvaro (Martín Piroyanski). Kraken (Ricardo Darín) intentará proteger la libertad de su hija, mientras su madre la empuja hacia la determinación sexual. Será el momento de tomar decisiones importantes.

El debut de Lucía Puenzo, basado en un cuento argentino (Cinismo, de Sergio Bizzio), es un drama real tratado sin ningún tipo de pudor. Uno de cada mil niños nacen con el síndrome XXY y, partiendo de esta base, la directora sudamericana presenta una historia anclada en todo momento en la realidad. XXY huye de sentimentalismos y del morbo, lo que no quiere decir que en la cinta no haya morbo; todo el morbo que sí hay en la realidad sobre un "hermafrodita" y que queda plasmado, en este caso, en los que observan desde fuera a Álex como un fenómeno, y en los que lo quieren hacer en primera persona.

Darín, que encarna a un padre empeñado en proteger la libertad de expresión (y, en este caso, de elección) de su hija, se sitúa en un segundo plano obligado por la extraordinaria interpretación de Inés Efrón. Inmensa, capta por completo la esencia del personaje y consigue que el espectador se lo crea en todo momento; no hay ni una mínima grieta en su trabajo. Junto a ella, ahora sí, un Darín soberbiamente sincero y un Piroyanski que conecta relativamente bien con la protagonista, con la que ya compartió cartel en Cara de Queso.

Al final, ¿qué queda? Queda una película de las que hace pensar, de las que obliga al espectador a meterse en la piel de los protagonistas. Y, lo mejor de todo es que lo hace sin abusar del sentimentalismo barato, sin hurgar en lo fácil y ofreciendo una historia que se hace corta a pesar de su intensidad. En su contra, quizá un único pero: el de finiquitar la historia de una manera demasiado ambigua (incluso para XXY) y dejarla en suspenso en un momento en el que hubiera sido aconsejable mojarse.

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